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La piel y el oro

El cuerpo como materia artística

El autorretrato se ha consolidado como uno de los usos más habituales de la fotografía contemporánea. Las redes sociales y las transformaciones en los hábitos de comunicación y de relación han sustituido los antiguos diarios íntimos y álbumes familiares por los muros de Instagram y otras plataformas digitales. El registro de la propia imagen ocupa hoy un lugar central en la vida cotidiana, propiciando un desplazamiento constante entre lo público y lo privado, entre lo íntimo y lo extimo, favoreciendo una redefinición de los aspectos vinculados a la construcción de la identidad.

La autobiografía, o el registro de la actividad cotidiana, constituyen algunos de los temas más frecuentes en el entorno digital. Estas prácticas continuadas y extendidas a escala global han generado un proceso de banalización de la intimidad y de lo cotidiano: la exposición reiterada ha diluido la frontera entre experiencia personal y representación. La imagen del yo se ha convertido en un dispositivo de comunicación y validación social, inscrito en dinámicas de visibilidad, reconocimiento y consumo.

No obstante, el autorretrato también puede ser abordado desde una perspectiva crítica. Más allá de su uso inmediato y autorreferencial, permite cuestionar los mecanismos de construcción de la identidad, los estereotipos visuales y las lógicas de exhibición y circulación para convertirse en un espacio de reflexión sobre las tensiones entre representación, ficción y autenticidad.

La producción fotográfica de Xènia Fuentes se inscribe dentro de este último ámbito. Utiliza su cuerpo como materia artística y como soporte de enunciación, en la línea de algunas de las creadoras fundamentales del siglo XX que usaron el autorretrato como herramienta de desestabilización identitaria y de cuestionamiento de los códigos de representación.

En su caso, se produce un proceso sistemático de anulación del yo: el rostro, tradicionalmente entendido como núcleo de la identidad y principal dispositivo de reconocimiento, permanece oculto. La omisión de la cara desactiva la lectura psicológica del retrato, al negar el acceso al gesto y a la expresión, la artista desplaza la atención hacia el cuerpo como superficie simbólica, como territorio donde se inscriben tensiones sociales, culturales y de género.

Esta estrategia no implica una desaparición total del sujeto, sino una reformulación de su presencia. El yo no se afirma a través del reconocimiento facial, sino que se diluye en una figura anónima, intercambiable, que cuestiona la necesidad contemporánea de visibilidad constante. Frente a la cultura del selfie y la sobreexposición del rostro, su trabajo propone un gesto de resistencia: invisibilizar la identidad para evidenciar los mecanismos que la producen y la regulan.

La indumentaria juega un papel fundamental en sus escenificaciones, en las que utiliza el vestido de torero. Esta elección va más allá de los aspectos formales o de la belleza de los tejidos, proponiendo un juego de ambivalencias implícito en el uso generalizado del término “vestido” como prenda femenina. Al apropiarse de una indumentaria históricamente vinculada a la masculinidad y al heroísmo, la artista la desplaza de su contexto ritual, desactivando su función épica y transformándola en un dispositivo de cuestionamiento. Se abre así un espacio ambiguo donde lo masculino y lo femenino dejan de entenderse como opuestos cerrados para convertirse en posiciones móviles, permeables y cuestionables.

La ausencia del rostro intensifica esta operación. Al no ofrecer una identidad reconocible, la figura vestida de torero no se presenta como una mujer que invade un espacio masculino, sino como una presencia ambigua que habita y reinterpreta ese símbolo. De este modo, el gesto no se limita a una inversión de roles, sino que cuestiona la aparente estabilidad de las categorías de género y la naturalización de sus códigos visuales.

El movimiento y el tratamiento de la luz desempeñan un papel fundamental en la construcción de un entorno que recrea la iconografía de los toreros en el instante de vestirse. La iluminación intensa y monocromática, que remite al tenebrismo barroco, hace emerger el cuerpo y lo convierte en un escenario de tensión narrativa en el que se recrea la carga simbólica que suele rodear ese momento tan especial. La larga exposición genera un efecto de vibración y fluidez que convierte el gesto en una mancha pictórica, casi abstracta, que dialoga con la iconografía del torero y con el gesto ritual de desplegar el capote.

Sus escenificaciones se sitúan en un territorio híbrido entre la fotografía y la performance. A partir de una reactualización de la estética de la pintura histórica, crea imágenes potentes y poéticas en las que el autorretrato deja de ser un ejercicio de afirmación identitaria para convertirse en un dispositivo crítico desde el cual cuestiona los sistemas de representación,los imaginarios culturales y las formas contemporáneas de construcción del yo.

Juan Naranjo

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