El Foto Matón

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La culpa la tiene el señor Marcellán. La culpa de que lleve más de dos horas parado frente al fotomatón, sudando como un pollo, me refiero. Y eso que en primera instancia me aventuré a pensar que era un buen hombre; razonable y sensato. Ahora veo claro que me precipité. Me sucede a menudo, juzgo a la gente demasiado rápido. Me debieron confundir sus buenos modales, el porte, la corbata previsiblemente gris, el pelo todo repeinado hacia un lado. Me expuso con meridiana claridad cuales eras las condiciones del contrato laboral y al preguntarle cuándo debía empezar a trabajar, él se mostró bastante flexible: «Cuando le vaya bien», dijo, «puedo esperar unos días, si necesita organizarse primero». Desde luego, nada me hacía sospechar lo que vendría después, cuando me soltó como si tal cosa que lo único que le faltaba era una fotografía mía para la ficha. «¿Una fotografía ha dicho?» le pregunté yo aflojándome el nudo de la corbata. «Sí, una fotografía», repitió él de forma inequívoca. Me pareció ver un brillo malicioso en sus ojos. Como si pudiera adivinar que aquello no me hacía ni pizca de gracia. A pesar de no estar conforme, debí hacer un gesto mecánico asintiendo con la cabeza, porque me soltó un «gracias» a modo de despedida y yo abandoné su despacho de forma atolondrada. Pero ¿qué podría haber hecho yo? ¿Haberme negado a traerle una fotografía? ¿Qué hubiera pensado? Me lo puedo imaginar contestándome: «Pero hombre, si vivimos en la era de la postfotografía, hoy quien más o quien menos tiene un teléfono móvil con cámara integrada. ¿Dónde está el problema? Si se trata de una simple foto». ¡Cámara integrada!, me bailan las piernas solo de pensarlo. Gente por la calle con sus respectivos teléfonos, tomándose selfies (así lo llaman) a todas horas. Al parecer nunca tienen suficiente, por más fotos que hagan, nada calma su sed de imágenes: es inagotable. No es que los juzgue, no lo hago, si quieren dejarse capturar por la lente del móvil es su problema. Allá ellos. Pero yo no, yo desde luego no.

Me hubiera gustado dejarlo ahí plantado diciéndole que no pensaba traerle ninguna fotografía (que confianzas eran esas), que se olvidara de mí. Pero no lo hice. Necesitaba el trabajo, los gastos me estaban ahogando, y ya no me quedaba tiempo para valorar más opciones. Tampoco el hombre parecía disponer del tiempo necesario para escucharme, para dejarme que le explicara dónde radicaba el problema y comprender que no era un simple capricho, que no es que no me gustara que me sacaran fotos, es que me daba pavor. Sentir el ojo de la cámara que me observaba expectante, ansiando capturarme en el disparo. Y yo sintiendo que me despedazaba, que una parte de mí se quedaba aprisionada en el sensor del aparato. Otro yo de dos dimensiones guardado en el dispositivo. Una copia de mí barata, de gestos limitados, de apariencia congelada. Carente de movimiento, de expresión, de… Esencia, al fin y al cabo.

Tomé conciencia de este asunto a edad bien temprana, con tan solo seis añitos, ya me encargué yo mismo de eliminar todas las fotografías que existían de mí pululando por la casa. Las destruí todas, ante la sorpresa e inútil lamento de mis padres. No pudieron hacer nada para remediarlo. No soportaba la idea de que hubiera mini yos escondidos, plastificados, en un álbum familiar. O impresos en papel, retenidos en un marco y colocados de forma vulgar en la encimera o estantería de turno. Sentía que me miraban, que se mofaban de mí en cuanto les daba la espalda. Dobles que me habían arrancado, que ya no me pertenecían. Imitadores de medio pelo que usurpaban mi sitio, se adueñaban de mi imagen y de mí, claro está. Solo de pensarlo el estómago me daba vueltas, un pitido ensordecedor se me clavaba en los tímpanos. Mi garganta se secaba y empezaba a sudar. Como ahora. He perdido la cuenta del tiempo que llevo aquí plantado, frente al fotomatón del metro, pero todo parece indicarme que mucho. Hace horas vi pasar a una señora de figura enclenque y pelo encrespado y ahora mismo la he visto de nuevo, pero esta vez en dirección contraria. Con toda probabilidad habrá ido al trabajo a cumplir con la mitad de su jornada laboral y vuelve a casa para comer. O tal vez ha ido al médico. O a ver a un familiar. O a encontrarse con un amante. ¡Qué importa! No sé por qué me despisto pensando en la señora enclenque, cuando lo que tendría que hacer es focalizarme y entrar de una vez en el fotomatón. Cuando tomé la decisión de venir hasta el metro para sacarme la foto, pensé que me resultaría más fácil, que no entraría en pánico. Me dije a mí mismo: «Ya verás. Es solo una foto, pasará muy rápido». Durante el camino, desde casa hasta al metro, estaba algo nervioso, pero avanzaba a buen ritmo, hasta que he llegado aquí y he visto la cabina automática con su cortinilla y la cajita por donde salen las fotos. Entonces el corazón se me ha desbocado, los pies han dejado de avanzar, he empezado a sentir el miedo en cada partícula de mi cuerpo. Preso de la situación no he podido sino que quedarme en el sitio y dejar que pase el tiempo. Segundos, minutos, horas. Tiempo en el que ya he maldecido al señor Marcellán unas cuantas veces, también he estado a punto de echarme atrás e irme a casa otras tantas. Pero aquí sigo, anclado al suelo del metro, sin moverme. Siento que la frente me brilla y las gotas de sudor caen abrasándome el rostro. Tal vez si cierro los ojos y respiro consigo salir del túnel oscuro en el que me he metido: «Huuu, huuu, huuu».

Todavía no me explico cómo, pero de repente estoy dentro sentado en un taburete de plástico. Bastante incómodo, por cierto, pero a estas alturas eso es lo de menos. Intento animarme diciéndome que he conseguido gran parte del objetivo: entrar en la cápsula roba imágenes, pero me suena a autoengaño. Me paso unos minutos sentado sin reaccionar y después, como si perdiera la noción de mí mismo y un fantoche actuara por mí, consigo sacar una moneda del bolsillo de mi americana e intento meterla en la ranura. El camino hasta el agujero me parece infinito. Las manos me tiemblan de forma descontrolada y no consigo encauzar la moneda en el lugar indicado. Después de varios intentos entra. La pantalla se enciende y aparecen mensajes. Me pide que seleccione el número de fotos que quiero. Al parecer el mínimo son cuatro. ¿Cuatro dobles de mí? ¿Qué necesidad hay de que sean cuatro? El tema del número de fotos lo siento como una estocada y me vuelvo a meter en el túnel oscuro. Maldigo a esta sociedad sedienta de imágenes. Me siento pequeño, minúsculo, a punto de ser arrasado por una bola gigante de fotografías. No entiendo que hago aquí, ¿cómo he accedido a esto? Me vuelvo a acordar del motivo: necesito el trabajo. Me repito en voz alta y con una voz que casi ni me pertenece: «Necesito el trabajo». Le doy un golpe a la pantalla con rabia y selecciono las cuatro fotos. Sale otro mensaje advirtiéndome de que no me mueva. Que no me mueva, dice. Claro, eso es porque sabe que lo único que deseo en el mundo ahora mismo es largarme de aquí pies para que os quiero. De repente mi imagen sale en la pantalla; es decir, un tipo que se me parece al milímetro se planta ante mí. Tiene la misma cara que yo: los inconfundibles ojos saltones, la nariz chata, los labios abultados como salchichas, mi pelo castaño con entradas. Hasta lleva la misma ropa: el traje marrón que encontré de rebajas el invierno pasado, la corbata de pana granate… Y no es solo que sea clavado a mí, sino que, además, de forma calculada y con extremada precisión, imita todos mis gestos. Si, por ejemplo: yo sacudo la cabeza, él la sacude también. Si muevo mi mano derecha y me toco la nariz con el dedo índice, él, con descaro y alevosía, hace exactamente lo mismo. Yo sé lo que pretende, quiere ocupar mi sitio, robar mi identidad, dividirme por cuatro. Noto mi cuerpo palpitar de terror. Su rostro cobra ahora una expresión iracunda. Me mira con el gesto fruncido, escupe palabras que reverberan con mi voz: «¡Impostor!, ¡farsante!». De golpe la cabina me habla: ha empezado una cuenta atrás. La cara del tipo se ha descompuesto y se ha quedado congelada. Me pregunto si la mía también. Si ahora es él quien manda, quien determina mis gestos y no viceversa. Cinco… Todo me resulta una broma macabra; nada de esto tiene sentido. Cojo impulso para levantarme, para irme de allí, pero las extremidades ya no me responden. Me he quedado petrificado. Cuatro… La cabeza me da vueltas, veo la pantalla difusa, nos hemos convertido en apenas un borrón: él y yo. Una masa inconsistente de colores. La cara, desdibujada; las pupilas, dos estiletes de color negro que se me clavan en la barriga. Tres… Oigo un pitido ensordecedor que rebota en las paredes. Noto un sabor ácido y amargo en la boca. Dos… Una sensación de vacío indescriptible me recorre el cuerpo, como si estuviera hueco por dentro. Uno… Como si la máquina me hubiese…

FLASH.

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Translated by chat gpt

The blame lies with Mr. Marcellán. The blame for standing in front of the photo booth for over two hours, sweating like a chicken, that is. And to think, initially, I ventured to believe he was a good man; reasonable and sensible. Now I see clearly that I rushed. It happens to me often; I judge people too quickly. Perhaps his good manners, the demeanor, the predictably gray tie, and the perfectly combed hair confused me. He clearly outlined the terms of the employment contract, and when I asked when I should start working, he was quite flexible: ‘Whenever it suits you,’ he said, ‘I can wait a few days if you need to get organized first.’ Certainly, nothing made me suspect what would come next when he casually mentioned that all he needed was a photo of me for the record. ‘A photograph?’ I asked, loosening my tie. ‘Yes, a photograph,’ he repeated unequivocally. I thought I saw a malicious gleam in his eyes, as if he could guess that I wasn’t thrilled about it. Despite my disagreement, I must have mechanically nodded, as he bid me farewell with a ‘thank you,’ and I left his office in a daze. But what could I have done? Refuse to provide a photograph? What would he have thought? I can imagine him responding, ‘But man, we live in the era of post-photography. Today, everyone has a mobile phone with an integrated camera. Where’s the problem? It’s just a simple photo.’ Integrated camera! The thought alone makes my legs wobble. People on the street with their respective phones, taking selfies (that’s what they call it) at all hours. Apparently, they can never get enough, no matter how many photos they take; their thirst for images is insatiable. I don’t judge them; if they want to be captured by the mobile lens, that’s their problem. But not me, certainly not me.

I would have liked to leave him hanging, telling him that I had no intention of bringing him any photographs (who does he think he is), to forget about me. But I didn’t. I needed the job; expenses were suffocating me, and I had no time to consider other options. The man didn’t seem to have the time to listen to me, to let me explain where the problem lay and understand that it wasn’t a mere whim. It’s not that I don’t like having my picture taken; it’s that I’m terrified of it. Feeling the camera’s eye watching me expectantly, eager to capture me in the shot. And me feeling like it was tearing me apart, that a part of me was trapped in the device’s sensor. Another two-dimensional me stored in the device. A cheap copy of me, with limited gestures, a frozen appearance. Lacking movement, expression, essence, after all.

I became aware of this issue at a very young age, at just six years old. I took it upon myself to eliminate all the photographs of me around the house. I destroyed them all, to the surprise and useless lament of my parents. They couldn’t do anything to remedy it. I couldn’t stand the idea of mini versions of me hidden, laminated, in a family album. Or printed on paper, held in a frame and placed vulgarly on the countertop or shelf. I felt like they were watching me, mocking me as soon as I turned my back. Duplicates that had been ripped from me, that no longer belonged to me. Second-rate imitators usurping my place, taking ownership of my image and me, of course. Just thinking about it made my stomach churn, a deafening beep stabbed my eardrums. My throat dried up, and I started to sweat. Like now. I’ve lost track of how long I’ve been standing here, in front of the metro photo booth, but everything seems to indicate that it’s been a long time. I saw a frail-looking lady with frizzy hair pass by hours ago, and now I’ve seen her again, but this time in the opposite direction. Most likely, she went to work for half her workday and is returning home for lunch. Or maybe she went to the doctor. Or to visit a family member. Or to meet a lover. What does it matter! I don’t know why I get distracted thinking about the frail lady when what I should do is focus and finally enter the photo booth. When I decided to come to the metro to take the photo, I thought it would be easier, that I wouldn’t panic. I told myself, ‘You’ll see. It’s just a photo, it will be over quickly.’ On the way from home to the metro, I was a bit nervous, but I was making good progress until I got here and saw the automated booth with its curtain and the little box where the photos come out. Then my heart raced, my feet stopped moving, and I began to feel fear in every particle of my body. Captive to the situation, I could do nothing but stay put and let time pass. Seconds, minutes, hours. A time during which I cursed Mr. Marcellán several times, and I was on the verge of backing out and going home several times. But here I am, anchored to the metro floor, not moving. I feel my forehead shining, and sweat drops burn my face. Maybe if I close my eyes and breathe, I can get out of the dark tunnel I’ve entered: ‘Huuu, huuu, huuu.’

I still can’t explain how, but suddenly, I’m inside sitting on a plastic stool. Quite uncomfortable, by the way, but at this point, that’s the least of my concerns. I try to cheer myself up by telling myself that I’ve achieved most of the goal: getting into the image-stealing capsule, but it sounds like self-deception. I spend a few minutes sitting without reacting and then, as if I lose myself and a puppet acts for me, I manage to take a coin from my jacket pocket and try to put it in the slot. The path to the hole seems endless. My hands tremble uncontrollably, and I can’t guide the coin to the right place. After several attempts, it goes in. The screen lights up, and messages appear. It asks me to select the number of photos I want. Apparently, the minimum is four. Four doubles of me? What’s the need for four? The issue of the number of photos feels like a stab, and I go back into the dark tunnel. I curse this image-thirsty society. I feel small, tiny, about to be swept away by a giant ball of photographs. I don’t understand what I’m doing here; how did I agree to this? I remember the reason: I need the job. I repeat to myself, out loud and with a voice that almost doesn’t belong to me, ‘I need the job.’ I hit the screen with anger and select the four photos. Another message appears warning me not to move. Don’t move, it says. Of course, that’s because it knows that all I want in the world right now is to get out of here, who needs feet. Suddenly, my image appears on the screen; that is, a guy who looks exactly like me stands before me. He has the same face as me: the unmistakable bulging eyes, the flat nose, the lips swollen like sausages, my brown hair with receding hairline. He even wears the same clothes: the brown suit I found on sale last winter, the maroon corduroy tie… And it’s not just that he looks exactly like me, but also, calculated and with extreme precision, he mimics all my gestures. For example, if I shake my head, he shakes his too. If I move my right hand and touch my nose with my index finger, he shamelessly and treacherously does the exact same thing. I know what he’s trying to do; he wants to take my place, steal my identity, split me into four. I feel my body pulsating with terror. His face now takes on an angry expression. He looks at me with a furrowed brow, spits out words reverberating with my voice: ‘Impostor! Faker!’ Suddenly, the booth speaks to me: a countdown has begun. The guy’s face has decomposed, frozen. I wonder if mine has too. If he’s now the one in charge, determining my gestures, and not the other way around. Five… Everything feels like a macabre joke; none of this makes sense. I gather momentum to get up, to leave, but my limbs no longer respond. I’m petrified. Four… My head spins; I see the screen blurred; we’ve become just a blur: him and me. An inconsistent mass of colors. The face, blurred; the pupils, two black stilettos stabbing into my stomach. Three… I hear a deafening beep bouncing off the walls. I taste an acidic and bitter flavor in my mouth. Two… A sensation of indescribable emptiness runs through my body, as if I were hollow inside. One… As if the machine had me…

FLASH.